«Las mujeres no se alejan del mercado laboral cuando son madres para cuidar de sus hijos. Más bien las empujan a renunciar». Para la también fundadora del Club de las Malamadres calificar estas decisiones como una opción personal y libre es un error ya que en realidad de lo que se trata es de «malos arreglos» con los que se apañan las familias para solucionar la carencia de medidas de conciliación actuales y la falta de corresponsabilidad.

«Son las mujeres las que, al ver que las jornadas laborales inflexibles y rígidas no son compatibles con otras responsabilidades personales, decidirán renunciar a su carrera profesional para poder ver crecer a sus hijos y por tanto se alejarán del mercado laboral antes incluso de tomar la decisión».

Según el estudio, hasta un 51% de las mujeres sin hijos consideran que, de tenerlos, tomarían decisiones relacionadas con la renuncia. «Sheryl Sandberg dedica un capítulo entero de su libro Vayamos adelante a este tema. La directiva titula a este comportamiento como no te vayas antes de irte, alertando de que si las mujeres toman decisiones de renuncia antes de tener hijos, acaban por retrasar sus carreras profesionales y, por tanto, revertir la penalización de la mujer en el mercado laboral se complica».

El contexto institucional y empresarial no ayuda. «Las políticas empresariales y familiares están definidas bajo el prisma de que la mujer es la principal proveedora de los servicios domésticos-familiares y el hombre, el que aporta la mayor parte de los ingresos del hogar. Esto tiene como consecuencia la perpetuación de los roles patriarcales».

Uno de los ejemplos de esta situación al que se remite el estudio es el de las licencias parentales. Según el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, sólo el 1,7% de los titulares del permiso de maternidad fueron hombres (dato de 2014). Este reparto desigual de los permisos provoca que el hombre no participe de los primeros meses de crianza del bebé y no aprenda los comportamientos como cuidador de la misma forma que lo hace la mujer. Se perpetúan así los roles tradicionales bloqueando la corresponsabilidad y la implicación masculina en las responsabilidades doméstico-familiares».

Aunque de poco sirven los argumentos racionales para tratar de explicar esta falta de corresponsabilidad. Ni siquiera la aportación económica de cada miembro de la pareja. De hecho, el 45,2% de las mujeres que conviven en pareja y que aportan la misma cantidad de dinero al hogar declara ser la principal responsables de las tareas doméstico-familiares.

Si bien los datos de este y otros estudios demuestran que la participación masculina en las tareas del hogar ha crecido en los últimos, el reparto de responsabilidades aún no se asume de forma equitativa ni igualitaria en la mayoría de los casos. Los resultados de la encuesta online, en la que han participado 21.000 personas mayores de 21 años («un 11% de los encuestados son hombres», señala Baena), revelan que la mujer sigue siendo la principal responsable en todas las actividades del hogar excepto en una: la de llevar las cuentas del hogar (aunque la diferencia apenas es de 0,3 puntos porcentuales respecto a la mujer).

Es sobre todo en las tareas de planificación y organización donde la desigualdad es aún más visible. El 54,4% de las mujeres declaran ser las responsables de ese tipo de actividades a las que en el estudio se califica como «invisibles». «Las denominamos así porque no son cuantificables. Son sobre todo todo mentales y no tanto de ejecución, se suelen realizar de forma simultánea a otras actividades y no tienen un principio y un fin concretos», explicaba durante la presentación del estudio la socióloga y cofundadora del Club de Malasmadres, Maite Egoscozabal.

Estar al día de las reuniones escolares, de las revisiones médicas de los niños, quedarse con ellos cuando están enfermos, hacer la lista de la compra, etc. son algunas de esas actividades invisibles. «Este tipo de tareas las asume la mujer principalmente, suponiendo una fuente de estrés importante debido a las características de planificación y organización y, a veces también, la improvisación que conllevan».

La no conciliación repercute no sólo en el plano laboral de la mujer. Su tiempo libre tampoco sale bien parado. En el estudio se muestra cómo la mujer madre, al ser quien socialmente asume la doble jornada laboral, tiene más dificultades para priorizar el tiempo libre, y sobre todo, las actividades relacionadas con el deporte.

La encuesta se interesa también por conocer las posibles soluciones que los entrevistados proponen para cambiar la situación actual. La educación es un tema crucial para la mayoría de ellos. Acabar con la transmisión de los roles y estereotipos patriarcales entre las nuevas generaciones resulta fundamental. Para ello se requiere no sólo de la implicación de la familia, la escuela, el estado y las empresas, sino también la visibilización de los referentes masculinos que están llevando a cabo esa ruptura de los roles tradicionales.

Otra de las posibles soluciones sería lograr que los permisos de paternidad fueran más largos e intransferibles «para que la parte a elegir no siga recayendo en la mujer». «Eso involucraría más a los padres y haría que a las empresas les diese igual contratar hombres o mujeres», explicaba una de las participantes en la encuesta.

La tercera posible solución pasaría por lograr una flexibilidad horaria de verdad en los entornos laborales. «No tanto que se deje de trabajar a las 6 de la tarde sí o sí (porque eso será tarde para algunas empresas pero pronto para otras, como, por ejemplo, los comercios), sino que se trabaje por objetivos y que se deje, así, de valorar el presencialismo y el calentamiento de silla», concluía Baena.